‘THE BIG SHORT’, ESTAFADORES INSULSOS

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Esta película tiene dos antecedentes directos, Margin Call y The Company Men, ambas de 2011. Como aquellas, The Big Short cuenta con un reparto estelar (Christian Bale, Brad Pitt, Ryan Gosling) y retrata el cataclismo económico provocado en Estados Unidos a partir de 2008 y extendido luego por todo el mundo. No obstante, The Big Short, estrenada aquí como La Gran Apuesta, se basa en la historia real de ese latrocinio planetario. Porque estamos hablando de un robo, una estafa gigantesca disfrazada tras los mecanismos “legales” del funcionamiento de los mercados.

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En 2005, Michael Burry (Bale) un excéntrico inversor aficionado al heavy-metal y poco amante de la etiqueta, tanto en la vestimenta como en el protocolo, descubre que el mercado inmobiliario norteamericano es extremadamente inestable, basado en millones de hipotecas concedidas a gente con pocos o ningún ingreso (las luego tristemente célebres subprime) y convence a sus clientes para que inviertan en una apuesta contra ese mercado cuyo colapso, predice, sucederá a fines de 2007. Como es el único que cree tal cosa, los bancos, convencidos que tratan con un lunático, aceptan gustosos el acuerdo. Hace poco comentábamos aquí Steve Jobs, y sucede que el tal Burry también fue un precursor, un iconoclasta adelantado a su tiempo, aunque a diferencia del genio de Apple, no creó nada valioso, solamente miseria e inestabilidad… pero cuando llegó el hundimiento previsto logró unos beneficios del 459 por ciento y sentó cátedra para todas las especulaciones, triquiñuelas y patrañas financieras que aún sufrimos.
The Big Short viene precedida de críticas elogiosas y está nominada, entre otros, al Oscar a la mejor película, pero no es una buena película, y no lo es porque la extrema complejidad de la trama no logra una traslación cinematográfica ágil, la jerga económica inunda cada plano, cada frase, el espectador es incapaz de extasiarse con los diversos personajes cuando atisban un fallo del sistema o una oportunidad que les hará inmensamente ricos. El director, Adam McKay, en su primera incursión en el drama, se percata de ello y emplea diversos trucos para “airear” el film; así, algunos actores hablan a la cámara y en un momento dado la acción se detiene para que una preciosa Margot Robbie nos explique qué es el mercado inmobiliario mientras se da un sugerente baño de espuma y bebe champán.
Pero no basta para levantar un relato demasiado técnico, demasiado árido. Creo que a la hora de juzgar esta cinta han pesado más sus -indudables- buenas intenciones, su voluntad de pedagogía del desastre. Viéndola uno no puede dejar de pensar en aquel memorable Gordon Gekko, el malvado tiburón financiero encarnado por Michael Douglas en Wall Street de Oliver Stone. Quizás fuese un personaje ficticio, pero un cuarto de siglo después seguimos recordándolo. Ése es el poder de una buena historia.

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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