‘High rise’, caos en las alturas

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El 13 de mayo se estrena en España High Rise, film británico dirigido por Ben Wheatley y protagonizado por Tom Hiddleston (El infiltrado), Jeremy Irons y Sienna Miller. Está basado en la novela homónima de 1975 de J. G. Ballard, escritor que ha conocido dos buenas adaptaciones a la gran pantalla; nos referimos a El imperio del Sol, dirigida por Steven Spielberg, y Crash, de David Cronenberg. Ballard, fallecido en 2009, pertenece a la llamada Nueva Ola de la ciencia ficción surgida a fines de los sesenta, que puso el acento en las consecuencias de la tecnificación y deshumanización de la vida cotidiana. No hablamos pues de un futuro lejano en galaxias distantes sino del rumbo probable que tomará nuestra sociedad en pocas décadas.
El doctor Robert Laird (Hiddleston) se instala en un apartamento de la planta 25 de un rutilante rascacielos a las afueras de Londres, diseñado por el arquitecto visionario Anthony Royal (Irons) que reside en el lujosísimo ático. El edificio cuenta con toda clase de comodidades: piscina, supermercado, ascensores de alta velocidad, etcétera, y Laird pronto traba amistad con sus nuevos vecinos. El mismísimo Anthony Royal reclama su presencia y le cuenta sus sueños de transformación social, plasmados en este microcosmos autosuficiente, alejado de la sordidez del exterior.

high rise
No obstante, el sueño pronto empieza a resquebrajarse con pequeñas disputas entre los inquilinos de los pisos inferiores y los de los superiores, cortes de luz, peleas por los ascensores, por la piscina, que generarán una espiral de violencia con saqueos, asesinatos y orgías descontroladas. Royal, el demiurgo acorralado en su torre de marfil, se niega a reconocer su fracaso llamando a la policía, y al final, la vida en el edificio deviene una guerra de guerrillas tribal.
Como dijimos antes, la novela de Ballard aventura nuestro futuro probable, pero el director Ben Wheatley acierta al ambientar la película en un 1975 perfectamente recreado en cuanto a vestuario, decoración o automóviles; este anacronismo visual crea una sensación atemporal, una ucronía de hechos plausibles pero que no han sucedido. Empleando la expresión del crítico de arte Robert Hugues, es “el futuro que fue”.
Pero a High Rise le sucede como a la primera versión de El planeta de los simios que, tras un comienzo intrigante, progresivamente sombrío, fallaba cuando los simios empezaban a hablar; en High Rise la explosión de violencia parece forzada y como ya no decaerá hasta el clímax apocalíptico, acaba cansando; aquí no sirve la vieja máxima de Cecil B. de Mille según la cual una buena película debía empezar con un terremoto y luego ir subiendo.
En 1975 acababa de estallar la crisis del petróleo que puso abrupto fin a los treinta “años dorados” de crecimiento y prosperidad ininterrumpidas tras la Segunda Guerra Mundial; de pronto, problemas como el paro, la contaminación o la ruptura de la cohesión social entraron en la agenda pública. Hoy en día no es que hayan desaparecido, desde luego, pero los hemos interiorizado, los damos desgraciadamente por supuestos… y quizás por insolubles. Ésta es, amén de los fallos del film, la diferencia de perspectiva que hace que High Rise no nos parezca tan inquietante ni tan premonitoria como debiera.

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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