‘Westworld’, almas de metal

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Recuperamos el subtítulo español de la Westworld de 1973, cuando aquí era impensable dejar los nombres originales en inglés sin más, con aquel hierático Yul Brinner como el implacable pistolero negro (reverso maligno de su papel de 1960 en Los siete magníficos) aunque los androides de esta Westworld que HBO estrenó el pasado 2 de octubre tendrían más bien alma de polímeros sintéticos e implantes biomecánicos. Y es que la robótica, como nuestro domino de lenguas extranjeras, ha avanzado una barbaridad.

La Westworld de 1973 y otras películas pesimistas de la época como Rollerball o La carrera de la muerte del año 2000 describían el hooliganismo salvaje de una hastiada sociedad futura, pero siendo norteamericanas no imaginaron que la vieja Europa les tomaría la delantera en la vida real con la masacre del estadio de Heysel en 1985 o las batallas campales entre hinchas ingleses y rusos en la última Eurocopa.

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Luego siendo norteamericanos, con ese fútbol suyo tan soso –un único muerto en la Superbowl en que Janet Jackson enseñó, oh cielos, un pezón- concibieron una torcida Disneylandia ultrasofisticada, un parque temático que en la película añadía un Mundo Romano y un Mundo Medieval y que la serie limita al Mundo del Oeste. Y allí los robots “anfitriones” prestos a ser acribillados o violadas para disfrute de los pudientes “huéspedes” humanos, se rebelan y empiezan a liquidarlos cuando adquieren gradual y aturdida conciencia de sí mismos, igualito que HAL 9000, Skynet o los replicantes de Blade Runner.

Esta anomalía, que en los setenta se resolvía con un cortocircuito en cutres cableados tapados con gutapercha, implica en 2016 auténticas sesiones de psicoanálisis dirigidas por el creador de Westworld, el melancólico Dr. Ford (Anthony Hopkins) Ford averigua que a sus criaturas ya no les basta con formatearles el disco duro, y se preguntan por qué repiten cada día los mismos gestos y palabras, las mismas situaciones, solo para acabar siendo acuchillados, baleados o penetrados por unos gamberros ricachones.

Westworld ha sido una de las series más esperadas del año, y eso la perjudica. Sus méritos no estriban tanto en el diseño de producción y la ambientación –al fin y al cabo, es en gran parte mero western- ni en la originalidad argumental –al fin y al cabo es un remake- sino en el surgimiento de la humanidad en unos trastos carísimos que -en principio- son solo eso, trastos.

Quizás si la trama se pasa de filosófica o deriva a una simple historia de rebelión de las máquinas pierda fuelle, pero siempre tendremos a ese villano malísimo interpretado por Ed Harris para regalarnos un balsámico baño de sangre.

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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