‘Versailles’: clasicismo global

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En diciembre de 2001 El Señor de los Anillos se estrenó en Francia en más de 600 salas, encendiendo las alarmas en el gobierno; un film epítome de lo anglosajón -basado en la novela de un inglés, con director neozelandés, actores australianos, británicos, americanos y capital hollywoodiense- arrasaba en las taquillas; tal afrenta no podía quedar impune en la patria de Asterix, los hermanos Lumière, Charles de Gaulle y el Mirage 2000. Así, París impuso, también a nivel europeo, la llamada excepción cultural, un conjunto de medidas laborales y fiscales destinadas a fomentar la creación audiovisual. No todos los países las aplicaron -España, por ejemplo, obvió el asunto- y hubo acusaciones de proteccionismo y chauvinismo, con el evidente telón de fondo del temor galo a ahogarse en un océano mediático anglófono.

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Pues bien, catorce años después Francia se rindió a la evidencia y a la hora de trasladar a la televisión la vida de su rey más emblemático, Luis XIV, el Rey Sol, verdadero origen de la monarquía absoluta y del propio Estado Francés… lo hace en inglés, con guionistas y protagonistas ingleses, para asegurarse una distribución mundial (si bien ahora la inversión es francesa, tres millones de euros por episodio). Versailles, que puede verse actualmente en Canal + y que ha anunciado una segunda temporada, relata la construcción del palacio homónimo de Luis XIV, en una época de turbulencias y conspiraciones.

Estamos en 1667 y el joven rey Luis (George Blagden, Vikings) se enfrenta a los nobles descontentos que ya se alzaron en armas contra su padre; son los dolores del parto que alumbrará al Estado-Nación moderno, arrinconando definitivamente los antiguos privilegios feudales. Para sorpresa y escándalo de todos, empezando por su hermano Felipe (Alexander Vlahos) decide instalar su corte en un viejo pabellón de caza en el bosque a quince kilómetros de París; en un tiempo de caminos embarrados llenos de salteadores es una apuesta arriesgada, y Luis la eleva ordenando construir allí mismo una residencia y unos jardines de elegancia y magnificencia colosales (no obstante, los planos con el andamiaje generado por ordenador resultan deslucidos).

Hablábamos antes de excepciones culturales y Versailles apunta a audiencias universales, familiarizadas con los tejemanejes de una gran mansión gracias a Downton Abbey, con intrigas eróticas aristocráticas gracias a Las Amistades Peligrosas, y con los múltiples excesos de Juego de Tronos. Por supuesto no hay coincidencias históricas, pero lo que sucede, capítulo tras capítulo, es que la enfermedad, las concubinas, la homosexualidad, las confabulaciones, la sangre -y bilis vómitos y miasmas-, los cuerpos desnudos, los enemigos… nos resultan harto conocidos, déjà vu y déjà entendu (ya vistas y oídas, por emplear las expresiones francesas). No hay pálpito alguno en Versailles, sólo nos queda al terso rostro y los azulísimos ojos de Blagden interpretando a un tirano que no parece pasarlo tan mal y el terso rostro y los azulísimos ojos de Vlahos como el segundón que se joroba y aguanta. Todos en palacio llevan melena pero los demás son feos, con arrugas y los ojos oscuros (deben ser los franceses).

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Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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