«Sicario»: siempre el mismo Infierno.

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En 1988 el historiador Paul Kennedy escribió en su ya clásica obra Auge y Caída de las Grandes Potencias:

“Sencillamente, no hay equivalente en el mundo del actual estado de las relaciones entre México y los Estados Unidos. México está al borde de la quiebra, su crisis económica obliga a cientos de miles de sus habitantes a pasar ilegalmente al Norte todos los años, su comercio más provechoso con los Estados Unidos se está convirtiendo rápidamente en un torrente de drogas duras brutalmente dirigido, y la frontera para esta clase de tráfico es todavía extraordinariamente permeable.”

Un cuarto de siglo después la agente federal Katie Mercer (Emily Blunt, Al filo del Mañana) es catapultada a este “todavía” de muerte y desesperación multiplicado por mil. Tras una misión particularmente macabra en la que mueren varios policías, Katie acepta formar parte de un grupo especial de acción que entrará en Ciudad Juárez, la capital mexicana de la droga. La acompañan Matt (Josh Brolin, No es país para viejos), jefe del operativo, cínico y socarrón, que le oculta el verdadero objetivo de la misión, y el misterioso Alejandro (Benicio del Toro, Sospechosos Habituales, Che) que ni siquiera dice a qué agencia pertenece. Así, la idealista Katie irá descubriendo que para derrotar al mal hay que ser malvado; como le susurra Alejandro: “Vigila a los policías. No siempre son los buenos”.

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Sicario, cuarto largometraje del canadiense Denis Villeneuve, y estrenada este 2015, ha recibido buenas críticas casi unánimes con calificativos tales como “elegante”, “hipnótica”, “ambigua”, y un elogioso etcétera. Los referentes que se nos acuden tras verla son la segunda temporada de True Detective con sus ingrávidas tomas aéreas de áridos parajes surcados por autopistas, la excelente Traffic de Steven Soderbergh por temática y ubicación, y La noche más oscura de Kathryn Bigelow, donde la agente de la CIA interpretada por Jessica Chastain se corresponde punto por punto con el personaje de Blunt en Sicario, una mujer apegada a la ética y a la ley luchando por abrirse paso en un violento universo masculino. Y no es que estemos ante un film especialmente violento, pero sí con momentos de gran ferocidad, sobretodo la entrada de la comitiva policial a Ciudad Juárez, subrayada por una ominosa banda sonora, con cadáveres decapitados y mutilados colgando de un puente; éste es el Mordor de nuestro mundo actual, aquí hemos claudicado como en Siria o Afganistán, el crimen y la corrupción escapan a cualquier control.

Sicario es una buena película, pero cabe preguntarse qué novedad aporta este retrato del caos, qué sabemos que no supiéramos o qué hemos visto que no hayamos visto ya. Decíamos antes que este rincón del planeta no ha cambiado en veinticinco años, solamente ha empeorado y nos ha hecho empeorar; en un momento dado, Alejandro se dispone a torturar a un prisionero silbando la marcha presidencial y portando un bidón de agua: es el mismo tormento por “ahogamiento simulado” que aparece en La noche más oscura y que ahora el candidato republicano Donald Trump quiere legalizar con el argumento de que “ellos (léase terroristas, o narcos, o quien sea) nos hacen cosas mucho peores”.

 

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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