‘El regalo’: un presente envenenado

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Simon y Robyn Callum (Jason Bateman, Rebecca Hall) se mudan a una elegante casa en las colinas de Los Ángeles por el nuevo empleo de él como ejecutivo de una empresa de seguridad. Un día se encuentran con Gordon Moseley, «Gordo» (Joel Edgerton) un antiguo compañero de instituto de Simon. Simon apenas recuerda a Gordo, quien no obstante empieza a presentarse en casa de la pareja con pequeños regalos y, poco a poco, esta amistad recuperada irá cobrando una forma inquietante…

El regalo constituye el debut del actor australiano Joel Edgerton como director, y ha sido un inesperado éxito de crítica y público. Edgerton declaró que sus influencias principales fueron Alfred Hitchcock y Atracción Fatal; lógicamente, no podía conocer la estupenda película española de 2011 Mientras duermes, de Jaume Balagueró (autor de la trilogía REC) con Luis Tosar y Marta Etura, y a quien esto escribe las similitudes entre ambos títulos le parecen evidentes (sobre todo el final) aunque no se trate obviamente de un plagio, sino de una idea argumental que traspasa fronteras, el reflejo cinematográfico de un cierto malestar en nuestra sociedad; por decirlo de otro modo, historias así no hubieran tenido cabida en los marchosos sesenta o los opulentos ochenta.

Porque El regalo utiliza la estrategia, ya empleada en otros films bien conocidos como Sexo, mentiras y cintas de vídeo o De repente un extraño, pero también en la ya mencionada obra de Balagueró, en la francesa Harry, un amigo que os quiere o en la holandesa Borgman, de introducir un elemento distorsionador en una existencia burguesa pretendidamente idílica y cuestionar, o derribar, la cáscara de felicidad representada por el materialismo y las convenciones sociales.

El regalo es, interpretaciones aparte, buen entretenimiento, un sobrio thriller psicológico que consigue incomodar al espectador, con excelentes interpretaciones del trío protagonista, en especial del propio Edgerton, perfecto en su retrato hierático del indolente pero perturbador Gordo. Y no, no se trata de otro psicópata descerebrado.

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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