‘La Ley del Mercado’, negra ley

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Comentábamos hace poco, a propósito de The Big Shot, que las buenas intenciones no deben empañar nuestro juicio a la hora de criticar una película. Pues bien, La ley del mercado, estrenada ahora en España, es buen ejemplo de ello. Dirigido por Stéphane Brizé (autor del estimable drama romántico Mademoiselle Chambon) y protagonizada con solvencia por Vincent Lindon (premio de interpretación masculina en Cannes 2015) este film francés narra la peripecia de Thierry, un cincuentón que tras quince meses en el paro decide abandonar la batalla judicial contra la empresa que le despidió y mirar hacia adelante. Pero a su edad, no le resultará nada fácil.

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Las consecuencias humanas de la crisis y de la erosión del estado del bienestar en el Viejo Continente han sido tema habitual del reciente cine europeo; ahí tenemos Los lunes al sol de Fernando León, Techo y comida de Juan Miguel del Castillo, o las francesas Recursos Humanos de Lauren Cantet y El capital de Costa-Gavras. La ley del mercado engrosa esta lista, y formalmente se despoja de todo adorno: no hay banda sonora, ni grandes estrellas, ni lujosas ambientaciones ni artificios narrativos de ninguna clase. Thierry, ceñudo y avejentado, transita de decepción en decepción; en la oficina de empleo porque le apuntan a cursos de formación inútiles, en el banco porque le niegan un crédito y en la escuela porque su hijo saca malas notas.
El problema de La ley del mercado es que tanta frustración, tanto fracaso personal, ahogan cualquier empatía que podamos sentir hacia el protagonista. Nada sabemos de él, excepto que busca trabajo; no hay apenas momentos para el humor o la distracción, la esposa es un mero comparsa y para colmo las tintas de su desgracia se cargan con la presencia de un hijo disminuido (¿no es marrón suficiente estar en paro con 51 años y una hipoteca y a punto de agotar el subsidio?) Olvidaba que además se le rompe el coche.
Otra película del antes citado Costa-Gavras, Arcadia, de 2005, plantea idéntico drama al de La ley del mercado pero con un giro atrevido y estimulante; allí, el desempleado madurito que ve rechazadas sus solicitudes una y otra vez decide imprimir los currículums de sus competidores y se los va cargando; la sátira, la burrada si se quiere, no desdibuja la crítica social. Por contra, a La ley del mercado le sobran seriedad y compromiso y le faltan humanidad y brillo. Y es que para pintar un cuadro gris necesitamos el negro, sí, pero también una pizca de blanco.

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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