‘La bruja’, aquí el Maligno

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Se estrena en España The Witch (La Bruja) debut en el largo del norteamericano Robert Eggers, premiado como Mejor Director en el último festival de Sundance. Podría pensarse en otra patochada de exorcismos y posesiones tan del gusto del cine de terror de ahora, sangre, babas y crucifijos, pero nada más lejos de la realidad. La Bruja es una película quieta, introspectiva, casi antropológica, sobre los demonios internos que llevan a la locura y al desastre.

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La acción transcurre en el siglo XVII (las reseñas dicen 1630, pero el film no menciona fechas) en uno de los asentamientos que los puritanos emigrados establecieron en el territorio de la actual Nueva Inglaterra. Los puritanos eran disidentes religiosos que habían cruzado el océano para rezar y predicar sin restricciones, y cuando uno de estos colonos, William (Ralph Ineson) considera que la comunidad se ha desviado de la verdadera fe, es desterrado. William abandona la seguridad del fuerte con su mujer Katherine (Kate Dickie) su hija adolescente Thomasin (Anya Taylor-Joy) y cuatro criaturas más para establecerse como granjero en las lindes del denso bosque. Pero la cosecha se malogra, el hijo menor desaparece, y de la mano del hambre y el aislamiento llegan las riñas entre hermanos, las dudas de la esposa sobre esta aventura infortunada, y la voluntad del antes inflexible William empieza a flaquear.
Así, mientras los padres se consumen física y espiritualmente, la joven Thomasin florece como hembra deseable y sujeto pensante, y siendo una de las máximas puritanas “la mujer que piensa sola, piensa en el mal”, se convierte en el chivo expiatorio de las desgracias de la familia y, por extensión, en probable bruja. La vida en la granja es ya imposible, y regresar significaría para ella un juicio sumarísimo. No obstante, quizás exista una salida en lo profundo de la foresta impenetrable…

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En 1692 tuvieron lugar los famosos procesos de brujería en Salem, Massachusetts, con el trágico colofón de catorce mujeres, cinco hombres y dos perros ahorcados (los animales también eran susceptibles de tratos diabólicos). Este es el telón de fondo histórico de La Bruja. Según las leyes coloniales la brujería era el segundo mayor crimen, peor incluso que el asesinato. Fanatismo religioso, una naturaleza hostil y enemigos por doquier (indios, franceses, sectas cristianas rivales) se conjuntaron para crear un fenómeno de histeria de masas que esta interesantísima y detallista película traslada al microcosmos familiar.
Fotografiada en desvaídos blancos y ocres, con una austeridad formal que evoca las pinturas holandesas y el Dies Irae de Carl Theodor Dreyer y unas sobresalientes interpretaciones del trío protagonista, La Bruja no es, decíamos, terror estridente ni sangriento; aquí el miedo surge del interior de los individuos, de sus debilidades y mentiras en una época de obscurantismo. De esas que, por desgracia, abundan en la historia de la humanidad.

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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