‘CAROL’: FRUTA PROHIBIDA

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El pasado enero la cadena norteamericana ABC vetó un anuncio de la película Carol película porque contenía una escena sexual entre las dos protagonistas, y en Rusia ha tenido pegas de distribución a causa del clima homófobo en el país. Todo esto a principios de nuestro siglo XXI; imaginen el escándalo en 1952, cuando se sitúa la trama de Carol, con Cate Blanchett y Rooney Mara (dada a conocer en Los hombres que no amaban a las mujeres) al frente del reparto. El director, Todd Haynes, ya había tocado el tabú de la homosexualidad en la conservadora América de los 50 en Lejos del Cielo, con Julianne Moore y Denis Quaid, y en Carol, basada en la novela de Patricia Highsmith, repite tema y la fórmula del melodrama elegante y comedido… aunque nunca habrá comedimiento bastante para según qué mentes retrógadas.

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Carol Aird (Blanchett) es una dama de la alta sociedad neoyorquina que traba relación con Therese (Mara) una joven dependienta aspirante a fotógrafa. Therese se siente subyugada por la magnética y evanescente Carol, y a Carol la atrae el frescor juvenil de Therese. Por supuesto, esta relación ilícita se verá asediada por la moralidad imperante, por el marido de Carol que amenaza con quitarle a la hija de ambos, y por el impaciente novio de Therese. No obstante, las dos mujeres huyen en un largo viaje en coche –aquí el recuerdo de Thelma y Louise es inevitable- siendo conscientes, tanto ellas como el espectador, que la cosa no puede acabar bien.

Carol, que se estrena ahora en España, compitió en Cannes 2015 y tuvo una gran acogida, refrendada luego por más de 40 premios internacionales. No es un film sexualmente explícito ni políticamente reivindicativo sino la historia, queda y pausada pero sin sensiblerías, de un amor fuera de su tiempo. Blanchett luce divina, parece fotografiada a través de un velo de gasa, distante e impávida como exige su papel (firme y decidida, pero sobretodo una ricachona con mucho tiempo libre, para qué andarnos con rodeos) mientras que Mara proporciona el justo contrapunto de ingenuidad sumisa y expectante, subrayada por su belleza quizás no despampanante pero que sugiere por eso mismo una tierna vulnerabilidad.

Punto negativo del film lo constituye la banda sonora del normalmente eficaz Carter Burwell, autor fetiche de los hermanos Cohen, que firma una sosa partitura demasiado al estilo Philip Glass o Michael Nyman.

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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