‘Anomalisa’, dibujos para mayores

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Charlie Kaufman, director de Anomalisa, se dió a conocer en 1999 con el guión de Cómo ser John Malkovich, uno los escasos títulos llamados “de culto” que ha logrado sobrevivir en la memoria reciente. Anomalisa, su segundo trabajo tras la cámara, está realizada con la técnica de animación llamada stop-motion, es decir, filmada fotograma a fotograma, y sobre este aspecto del film solo cabe descubrirse; la trémula y frágil humanidad que logran transmitir estos muñequitos es sencillamente asombrosa. Cosa muy distinta es la historia que protagonizan, que resulta de lo más trillada.
Michael Stone es un autor de libros de autoayuda que llega a un anodino hotel de Cincinatti, donde debe pronunciar una conferencia al día siguiente. Anomalisa sigue su progresivo hundimiento durante estas horas vespertinas, perseguido por los fantasmas de una relación familiar tortuosa y los de un amor que dejó escapar.
Anomalisa se estrena jaleada por críticas entusiastas, como si Kaufman explorase un territorio virgen y la animación diera un paso de gigante hacia un tratamiento “adulto” de temas como la alienación, la futilidad de las relaciones humanas y un sesudo y largo etcétera (vamos, como si las últimas creaciones de Pixar no tuvieran nada que decir al respecto). Pero a quien esto escribe la película -prodigiosa desde un punto de vista formal- y la epifanía que el protagonista experimenta por la mañana, tras una velada de derrumbamientos emocionales, alcohol y sexo casual le han parecido triviales; a riesgo de poner un spoiler, diremos que Michael vuelve a casa por Navidad y su rollete de una noche se lo ha pasado bomba y no le guarda ningún rencor. Un final digno de Frank Capra, y conste que lo decimos sin malicia… aunque a Capra no le dejaban enseñar penes ni cópulas.

Anomalisa está nominada al Óscar de Mejor Película de Animación, donde compite con Del Revés.

Sobre el autor del artículo

Marc Sanchís

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